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  • Revista Adynata

Ya supiste / Verónica Scardamaglia

Actualizado: 11 dic 2022

La emocionalidad de las juventudes de esta época pareciera latir al ritmo del trap y con la intensidad del freestyle.

El trap, estilo musical que presta palabra a desbordes y excesos. Incómodo, reventado, incorrecto casi en todo sentido. Quizás por eso condenado hasta para pretender dejarlo fuera de lo que, dicen, es la música. Acusado de desentonar no solo por el autotune sino por la misoginia de muchos de sus temas. ¿Pariente de la cumbia villera?

El trap pone en escena y presta palabras a la experimentación con sexo, pastis y abismos; a los desgarros del amor; al elogio de la fiesta, las joyas, las drogas y las amistades.

Tanto desprecio y tantas críticas hacen pensar que, quizás, en esas otras formas se escondan no sólo lo ya conocido sino, tal vez, algunas posibilidades vitales aún intraducibles.

A diferencia del trap, el freestyle si bien veloz y desafiante, resulta menos incómodo y más amable, más moldeable, más traducible. Sigue ocupando plazas y haciendo cantar-hablar a pibis de todo el país que, ahora, saben que pueden hacer unos mangos con él. Incluso, ya viene siendo tuneado con corrección política, traspasando los límites de las plazas y saltando a documentales de canal Encuentro y escenarios oficialistas.

En plena disputa y resistencia a dejarse cooptar por avidez capitalista de la sociedad del espectáculo. “Hoy ya no hay batallas de freestyle, hay show de batallas de freestyle”, algo así decía en una entrevista en el programa de radio Todo pasa, YSY A que funda y disuelve “El quinto escalón” (2012-2017), aquellas míticas batallas de freestyle del Parque Rivadavia -usina solidaria y expansiva de artistas que hoy ocupan la escena internacional de la música urbana-.

YSY A maneja una carrera autogestionada, produce su música, sus shows, sus joyas y su vestuario. Se jacta de ser el único músico independiente de la escena. Con la desfachatez y la avidez de sus 24 años, ya ha rechazado contratos con todas las discográficas de la industria musical. Si bien mantiene fidelidad por el trap, samplea en sus temas referencias al techno y al tango, sube bailarines de tango a sus shows y sabe que con ello revaloriza y arma un puente desacatado entre épocas y melodías. Quizás emulando ese puente tan amoroso y vital que se produce en la historia de tantísimos jóvenes con la figura de lxs abuelxs.

La emocionalidad de las juventudes de esta época pareciera nombrarse al ritmo de trap y con la intensidad de freestyle.


Para muchxs jóvenes, el freestyle y el trap, junto con el rap, han resultado las bandas de sonido de la pandemia.

Precisar, definir y diferenciar freestyle, rap, hip hop, trap resultan compulsiones adultocentristas que no soportan las fronteras sinuosas, cercanas y distantes al mismo tiempo, que contienen y diferencian a estos ritmos. No soportan tampoco las solidaridades y colaboraciones, porque viven de competencias individualistas y exitistas.

El youtuber portorriqueño Molusco, en un reportaje con el Duko después de los dos primeros de los cuatro shows en Vélez (octubre - noviembre 2022), le pregunta si no se considera el líder de este movimiento, le dice “incluso tus compañerxs te consideran así”. El Duki responde: “líderes somos todos partiendo del hecho de que cada unx se para ante miles de personas en un escenario y algo se produce ahí”. Y agrega: “más que líder diría pionero”. Ubica ahí la posibilidad de haber sido el primero en abrir puertas al salto producido por el trap y el rap en la cantidad de escuchas y vistas en plataformas y redes sociales. A su vez, refiere a Cazzu como la primera en posibilitar relaciones con Puerto Rico y a YSY A, en proponer e inventar diferentes cosas como hacer canciones para los vivos. Dice: “somos varixs líderes en distintos lugares que hicimos que las cosas vayan sucediendo”.


En esos Vélez de Duki. jóvenes de a cuarenta y cinco miles saltaban y gritaban, garganta en mano, las crónicas de las noches veloces y las desgarraduras del amor con un lenguaje casi inventado “Toy caliente, y estoy frío / No se llena este vacío / Girl, quereme just a little bit / Mi heroína en este lío (...) Sabe que la quiero pero she don't give a fo / Quizás es el miedo pero she don't give a fo”.

Y en los Argentinos Jrs de Wos, de a treinta miles: “Hay angustias que te dejan esquelético / No se calman ni con tandas de analgésicos / So let it go, que esta vez no es hipotético / Y si no soltás la mierda vas a terminar colérico / Y entiendo que estés cansado / Hay veces que el no presente es una cuestión que aturde / Pasando del remordimiento de un hecho pasado / Al futuro que es un pozo plagado de incertidumbre (…) Perdido en la muchedumbre, eh / Entre sueños que te aturden, eh / En la calma que se pudre / Tu carne es incertidumbre”

La emocionalidad de las juventudes de esta época pareciera sacudirse y saltar al ritmo del trap y con la intensidad del freestyle.

En este primer año pospandemia con presencialidad completa y ya sin barbijo obligatorio, estas irreverencias llenan teatros y estadios en nuestro país y en muchos otros. Se arman allí pogos gigantezcos capaces de producir reportes de temblores en la zona, como sucedió las dos veces que YSY A llenó Obras. Además, YSY tuvo que suspender un recital en Ciudad de México por el mismo motivo y, aprovechando estos fenómenos, lo empezaron a llamar “el hombre sismo” o YSYsmo (nombre que, finalmente, lleva su último disco).

Aquel pogo más grande del mundo que ocurrió en 2005 en el estadio único de La Plata en ocasión del primer recital solista del Indio Solari, queda multiplicado y expandido como forma y como práctica. Estas juventudes de hoy se hacen marea incontenible, como si confluyeran trenzados, aquellos viejos pogos sententistas con las oleadas verdes transfeministas entreveradas con las sabidurías cooperativas y autogestionadas de las negritudes del movimiento hip hop.

La emocionalidad de las juventudes de esta época pareciera desconcertar y vender al ritmo del trap y con la intensidad del freestyle.

Esta escena argentina de música urbana que ahora okupa las alfombras rojas de los Grammys y los Billboard, a la vez que posa, difunde el mate y el fernet por donde sea que vaya. Irrumpió desde el centro de la ciudad, con esa irreverencia que acciona tan a la vista de todxs que no se ve. Creció desde abajo, con esas formas de circulación virtual tan resistida y acechada por las pedagogías y con formas de creación que provocan incomodidades y fricciones.

Un maravilloso encuentro musical se produce en una entrevista a Dillom en el programa de radio y youtube La hora líquida, que lleva adelante Gillespi en Nacional Rock. Gillespi, admirado por el talento y la capacidad creativa de Dillom, refiriéndose a su álbum Post mortem, pregunta: “¿sos vos el de los pianos eléctricos que aparecen por ahí?”. “No, no -responde Dillom- no porque yo durante el proceso de Post morten no tenía ni idea de teoría musical ni acordes ni nada. Por ahí tocaba mucho de oído y ahora, en estos últimos meses, estuve leyendo, instruyéndome y me compré unos cursos por internet. Me picó ahí como las ganas de poder llevar lo que hago a otro nivel, poder entender y meterme más. Yo arranqué produciendo”.

Curiosidad como motor y wikipedia como puerta de entrada a investigaciones casi autodidactas que habilitan y desbaratan muchas formas ya conocidas provocando estupor, prejuicios y resucitando dinosaurios.

La emocionalidad de las juventudes de esta época pareciera latir, nombrarse, sacudirse y saltar, pareciera desconcertar y vender al ritmo del trap y con la intensidad del freestyle.

Cantan Cazzu y #ModoDiablo (Duki, Neo Pistea e YSY A) en La clase (2019):

“Así se hace / Mira a dónde llegaron lo' peore' de la clase / Sin careta ni dinero, sin fucking disfrace'”




František Kupka Amorpha - "Fuga en dos colores " - 1912 - Gouache y tinta sobre papel - 36 x 38 cm

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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